domingo, 25 de marzo de 2012

El espía que sabía demasiado (o Tinker tailor soldier spy)

Una de las grandes virtudes en Criatura de la noche (2008), anterior filme de Tomas Alfredson, es sobre el modo de composición en su ambiente. Basado en una novela juvenil gótica, el director sueco recrea un mundo moderno azotado por los crepúsculos, la textura invernal de los nevados nórdicos teñida en sombras, un colorido inerte que describe la naturaleza atrofiada de dos infantes ajenos a la inocencia, sea aspirando de la violencia o alimentándose de ella. Tinker tailor soldier spy (2011), basada en la aclamada novela de John le Carré, grafica de similar forma un mundo frío y sombrío. Al igual que en el filme vampírico, este nuevo relato habla sobre personajes que surgen de las sombras, los seres invisibles por la mayoría que siguen a sus presas a través de remembranzas, indicios, huellas, pruebas olvidadas y que son recogidas estratégicamente por un “cazador” de identidades. Un espía en busca de otro espía, uno traidor; uno que trabaja en contra de su naturaleza o de los suyos.

George Smiley (Gary Oldman), un veterano agente del Servicio Secreto Británico en tiempos de la “Guerra Fría”, retorna a sus labores luego de ser encomendado a una nueva misión. Existe la grave sospecha de que hay un espía dentro del “circo”, llamado así al grupo de agentes del mismo Servicio, círculo que, además de Smiley, está integrado por cuatro personas, cuatro sospechosos de haber estado infiltrando información británica a los rusos. A diferencia de los filmes de espionaje de Alfred Hitchcock o de la saga del Agente 007, Tinker tailor soldier spy limita el suspenso y el uso de escenas de acción, emprendiéndose en su lugar una trama compleja, llena de información y detalles imprescindibles, aquellos que servirán para que Smiley pueda construir a modo de rompecabezas un mapeo de su infiltrado, el mismo que se comporta de igual forma que los demás miembros del círculo. Alfredson recrea personajes que se perfilan bajo una actitud sospechosa. Agentes siempre mirando por encima de su hombro, llamando con la mirada, murmurando a mitad de los pasillos o durante una fiesta de Navidad.

Muy a diferencia de estos, Smiley posee una serenidad apropiada a su experiencia, una que incluso supera sus conflictos internos, aquellos que lo atormentan pero que son lo suficientemente controlados como para derruir esa agudeza que aplica en su búsqueda. El personaje de Gary Oldman hace un breve citado al protagonista central del cine negro, el detective que emprende un caso, pero que a la vez provoca una historia alterna, tan principal como la primera: su propia historia. Es el lado íntimo del “verdugo”, un pasado o presente que calla y trata por todos los medios no interferir con el procedimiento. Además de una personalidad solitaria, el detective o agente, en este caso, Smiley, es un obsesionado con el pasado y esto lo convierte en el mejor. Un detalle esencial en la narrativa de Alfredson, es que el modo de relato se encuentra bajo un continuo salto al pasado. Por lo menos una mitad de Tinker tailor soldier spy está compuesta por flashbacks, recuerdos o testimonios de otros agentes; activos, prófugos o retirados; enunciados que van complementándose entre sí, y que la misma habilidad de Smiley terminan por encajar.

Al igual que en su película anterior, Alfredson se apoya nuevamente de una fotografía apropiada al matizar un mundo despiadado, un estado deprimente que no deja espacio o alternativa a ese lado emocional. Entre el reparto, Toby Jones, interpretando a uno de los agentes del “circo”, es uno de los más esmerados, al igual que el personaje de Mark Strong, interpretando a un detective atormentado. Colin Firth, John Hurt, Tom Hardy y Gary Oldman desarrollan con normalidad su papel. Este último, es un actor que resulta más al personificar figuras coléricas, como la que encarnó en León, el profesional (1994), nivel que Oldman hasta la actualidad no ha logrado retomar. Tinker tailor soldier spy en cierta forma hace uso del suspenso, uno no muy bien empleado, manifestado por ejemplo a través del sudor descarado de un camarero o durante el robo de un documento. En la película casi no existen las escenas de acción. Son apenas dos momentos de tiroteos en todo el largometraje. Lo cierto es que Tomas Alfredson gana mayor mérito al modo de argumentar una historia atractiva e insensible –sin suspenso y acción – voluminosa en datos que influirán recién a final de la trama; dinámica que resultaría tedioso o aburrido para el espectador distraído, pero meritorio para el que sigue la línea argumental.

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