miércoles, 18 de enero de 2017

Un monstruo viene a verme

Sombría, aunque emotiva, es la historia que cobija el nuevo filme de Juan Antonio Bayona. El español con Un monstruo viene a verme (2016) recrea nuevamente un mundo de pesadilla en donde un menor está expuesto a eventos trágicos. Con doce años de edad, Conor O’Malley –estupendamente interpretado por Lewis MacDougall– cuida de su madre quien lucha con una enfermedad que luce incurable. Aún no acostumbrado a la separación de sus padres, Conor lidia también con el abuso de unos compañeros de colegio y el posible hecho de irse a vivir junto a su estricta abuela, con quien lleva una hostil relación. Víctima de un insomnio producto de una pesadilla recurrente, un día un monstruo visita a Conor en sus sueños, y con ello inicia su travesía rumbo al encaramiento de su principal miedo.
Así como en Before I wake (2016), en Un monstruo viene a verme los sueños o pesadillas resultan ser herramientas de depuración para niños que intentan codificar sus dramas. En ambas historias, los protagonistas enfrentan (o han enfrentado) a realidades maduras y no correspondientes a sus edades. Caso en la película de Mike Flanagan, este ejercicio es plenamente inconsciente. Caso distinto, en el filme de Bayona es el mismo personaje quien motiva esta práctica, lo que devela un hilo de consciencia, a pesar de que estamos tratando con un estado de inconsciencia, como es el sueño. Conor invoca a un personaje irreal, y dentro de esa fantasía, en donde este monstruo le narra tres cuentos, existe una cordura de su parte al no dejar de relacionar su caso con las historias de su visitante. Es decir, es como si el propio niño a diario aguardara soñar con su pesadilla para ponerse a conversar con su inconsciente.
Lo atractivo de Un monstruo viene a verme está en relación a esa visión del infante dentro de una realidad agresiva que asume de forma prematura. Así como en El orfanato (2007) o Lo imposible (2012), los pequeños protagonistas están inmersos a eventos fatídicos que los obliga a entender y madurar con precocidad, tornándose endeble los límites de su edad. Así como indica la introducción que nos hace el monstruo al principio de la película, la historia inicia con un muchacho demasiado grande para ser un niño y demasiado joven para ser un adulto. Ya sean víctimas de una enfermedad, una catástrofe natural o una tragedia familiar, los niños de Juan Antonio Bayona reaccionan mediante acciones contaminadas de miedo o de mucho valor. Existe un aprendizaje doloroso y conmovedor, sin dejar atrás por completo su inocencia y fragilidad. Una pena esta película haya sido ninguneada por la temporada de premios en EEUU.

jueves, 5 de enero de 2017

Vacío/a

Los jueves 12, 19 y 26 de enero se proyectarán algunos filmes peruanos programados en la reciente edición del Festival Transcinema en el centro cultural El Paradero. No se pierdan el cortometraje Vacío/a, de Carmen Rojas. Aquí una crítica a la película.

La película de Carmen Rojas me hace recordar a otro corto nacional reciente. En Mecanismo velador (2014), Diego Vizcarra también la hace de reciclador. Su filme, además, es de igual forma producto de una deconstrucción que otorga nuevo lenguaje y sentido a su material primario, los cuales son tráiler de películas. En Vacío/a (2016), Rojas hace lo suyo con gráficos de revistas que ofertan productos y servicios. ¿Qué distingue a uno del otro? Vizcarra opta por un discurso subjetivo. Existe un contenido pragmático en su mecanismo de secuencias difusas y de impresión reiterativa. Rojas, sin embargo, emprende un mensaje espontáneo. Su trama dramática está en sincronía y correspondencia con su “recolección” visual, aunque son sus propios mecanismos y herramientas las que la convierten en un producto complejo.

Vacío/a estaría encajado al concepto de “foto novela”, término con el que se autodefinía una película como La jetée (1962). Lo cierto también es que lo de Rojas no es una reproducción fotográfica, algo que adapta Chris Marker en su clásico filme, sino más bien una hilera de imágenes ajena a las fuentes cinematográficas convencionales, posteriormente estructuradas a manera de recrear una historia premeditada. En consecuencia, hay un claro valor creativo en este corto al tomar como instrumento el material desechado. Es el registro no filmográfico como componente esencial para un producto que no deja de ser una película, pues ha pasado por un filtro de edición o montaje. Aparte de esto, cabe también reflexionar en base al sentido de lo representado. Rojas no se preocupa en ocultar las cuotas publicitarias o los precios de los elementos ofertados en sus imágenes seleccionadas. Hay una conciencia de cómo el propio montaje (por no decir el propio imaginario del espectador) terminará por difuminar esas interferencias de su trama.
Pero no es en su registro visual en dónde radica lo mejor de Vacío/a. El cortometraje de Rojas está alternado por una voz en off simulada por un sintetizador de voz. Qué hace sino el sintetizador de voz que juntar las palabras y reproducirlas tal cual. Es decir, se genera una reproducción sin gracia o armonía que “imita”, en este caso, la voz de una mujer. En Vacío/a todo –registro oral y visual– parece ser un producto reciclado al contener un vacío emocional. La directora se esfuerza por asistir a estas herramientas artificiales que en principio parecen bloquear su mensaje esencial: una mujer enfrenta una ruptura amorosa, y con ello un vacío sentimental y material. Pero como lo señalado en el párrafo anterior, a su paso lo artificial se diluye.

De pronto los precios de los productos domésticos ya no importan, incluso la fría y descompasada voz robótica de repente parece asumir cierto tono de congoja. Es el montaje que comienza a causar efecto en el espectador. Es lo sintético asumiendo una forma o ilusión palpable; es la distancia entre lo falso y lo ficticio; un truco de mago. En cinco minutos de lo que dura Vacío/a, Carmen Rojas genera emoción a partir de artefactos fílmicamente estériles y que comienzan a emular una historia dramática. No hay duda que es una de las mejores películas peruanas realizadas en los últimos años.

martes, 3 de enero de 2017

Gilda, no me arrepiento de este amor

Al ver la película de Lorena Muñoz, es inevitable no dejar de pensar en Selena (1997), de Gregory Nava. Ambos filmes coinciden en argumentos biográficos y se sienten motivados en tratar mismos temas específicos, tal como los lazos familiares o al erigir cuotas melodramáticas. Sus modos de tratamiento, sin embargo, son totalmente distintos. Mientras que la película de la cantante tejana contempla un panorama épico y cronológico, desde los primeros pasos hasta el desenlace de una carrera en cumbre, en Gilda (2016) pesa el drama doliente sostenido por tiempos alternados. El pasado y el presente cohabitan en Myriam (Natalia Oreiro). Omnipresente es el recuerdo de su padre, pieza fundamental en su vida y que sembró su pasión por la música, la cual fue reprimida luego de la muerte de este y, posteriormente, aislada a causa de un conformismo que de pronto comenzará a agobiarla dentro de su rutina como profesora de menores o como madre de familia.
Todo este drama se verá respaldado mediante una atmósfera melancólica, producto de un lenguaje visual expuesto por filtros opacos, profundidad de campo (que delinea el rostro dramático), la iluminación tenue, además de un insistente uso del contraluz, el cual describe un doble rostro de la mujer: uno glorioso y otro ensombrecido. A propósito de esto, la frontera entre la historia íntima y la pública de Myriam está claramente definida. Incluso para cuando la cantante por fin comienza a encontrarse con el éxito, la historia de superación no deja de mantenerse en un segundo plano. Se filtra además un lado oscuro de la difusión musical, en referencia a ese mecenas o padrino que comenzará a jugar sucio. Otra razón más para observar el futuro con incertidumbre. Muy a pesar, y aunque luzca atractivo ese rostro violento y ponzoñoso, Muñoz procura no ceder a ese tópico sórdido que en su lugar se manifiesta como una traba a superar.
Llegada a la cúspide de la fama, la historia de Gilda decrece levemente. Se podría decir que es el momento menos auténtico de la trama. La música y el encuentro del ídolo con su público acallan los miedos internos de Myriam. Este es el momento en que más se emparenta con Selena. De igual manera a la película de Gregory Nava, este filme argentino descubre el lado hagiográfico de una personalidad, en intención de ceder la palabra al fanatismo y hacer homenaje a un representante de un género musical aspirante a convertirse en pieza de culto de una sociedad.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Mis Favoritas del 2016

Mi lista de las mejores películas que vi en este año, originalmente publicadas en Páginas del diario de Satán. Agrego breves reseñas o notas a las películas que no fueron comentadas en el blog. Son tres listas según la plataforma o modalidad en que fueron vistas, y una cuarta que pertenecen a películas de años pasados (fue de lejos la lista más complicada para armar). ¿Por qué sumar una lista de películas antiguas? Por revalorarlas, por (re)descubrir, por provocar pasión, y porque ahí se revelan en gran proporción las mejores películas que vi en este año. Cada una fue ordenada según las fui viendo.

Estrenos comerciales
El hijo de Saúl (László Nemes, 2015)

La bruja (Robert Eggers, 2015)

El conjuro 2 (James Wan, 2016)

El engaño del siglo o The program (Stephen Frears, 2015).- biopic que no cae ante la tentación de lo argumentativo. Frears rehúye, por ejemplo, a la extensión dramática o para cuando “debería” alzar un show amarillista, y en su lugar se enfoca ante lo medular, inclinado al semblante épico que se remonta al esquema de tragedia clásica, a propósito del ascenso y descenso de Lance Amstrong, ciclista que pasó de ser gurú de autoayuda a un fraude. Es además una impecable interpretación de Ben Foster, un negado de los premios para ese año.

Sully (Clint Eastwood, 2016)

Elle (Paul Verhoeven, 2016)

*Solos (Joanna Lombardi, 2015) y Videofilia (Juan Daniel F. Molero, 2015) estuvieron elegidas en mi lista del año pasado.

Festivales y muestras locales
No es mi tipo o Pas son genre (Lucas Belvaux, 2014)

Cemetery of splendour (Apichatpong Weerasethakul, 2015)

Aquí no ha pasado nada (Alejandro Fernández Almendras, 2016)

Little men (Ira Sachs, 2016)

Neruda (Pablo Larraín, 2016)


Circuito alternativo
45 years (Andrew Haigh, 2015).- apasionante melodrama sobre una larga relación de esposos en pie a una fractura sentimental. En su historia un hombre recuerda y, en tanto, una mujer se ve reemplazada por esa misma ausencia. Ambos reprimen, fuerzan sus rutinas y están prontos a explotar. Haigh tiene delicadeza para interiorizar a sus personajes al representar un drama de expresiones, miradas que disimulan y comentarios intrascendentes que encubren el dolor y el despecho. Dos personajes y un fantasma montan un emotivo triángulo amoroso.

El futuro perfecto (Nele Wohlatz, 2016)

The greasy strangler (Jim Hosking, 2016).- como las películas realizadas por Frank Henenlotter o las producidas por Troma Films, esta se disfruta en base a su lógica burda alineada a una conducta extravagante propia del explotation. Hosking nos introduce a un mundo de personajes entre patéticos (que recuerdan a los inicios de Jared Hess) y grotescos, acciones que cruzan el límite de lo absurdo y, en ocasiones, parecen fruto de una catarsis improvisada, una banda sonora maniática y un monstruo sacado de alguna fantasía suburbial perversa.

Green room (Jeremy Saulnier, 2015).- nuevamente Saulnier emprende una película dotada de un ambiente asfixiante, colores sórdidos y conflictos enérgicos. Como en las películas de terror, un grupo de jóvenes serán hostigados por un colectivo sádico, a consecuencia de un lío ajeno. Aquí el encierro es curioso; amplía sus límites para luego tomar su forma inicial. Hay una dinámica de la agitación y el agrietamiento de la esperanza a sobrevivir. Es un correrío en continuo clímax que abre a su paso violencia y ninguna lección.

Sunset song (Terence Davies, 2015).- Davies es fiel a sus constantes estéticas y argumentales. Un drama de época dividido en tres partes. La primera es la áspera y estricta educación paternal que inculca a los hijos resentimiento y precocidad ante la vida. La segunda es una etapa tan ilusoria como efímera, momento en que los recuerdos del ayer dormitan. La tercera es el despertar de los miedos, el padre (representado por la monarquía) que nuevamente ordena y convierte en desdicha todo lo que toca. Crítica al patriarcado histórico; es lo novedoso del director.


10 películas no recientes vistas por primera vez
Dodsworth (William Wyler, 1936).- la historia de un hombre que amaba demasiado.

Black and tan (Dudley Murphy, 1929).- jazz y una secuencia de sombras y entonaciones fúnebres.

The clock (Vincente Minneli, 1945).- el Before sunrise (1995) en tiempos del capitalismo en ascenso.

El hijo único (Yasujiro Ozu, 1936).- la abnegación, la gratitud y más gestos humanitarios. Todo parece perfecto, pero no lo es.

Satán triunfante (Yakov Protazanov, 1917).- Satán visita y siembra la demencia. Así incompleta, fascinante.

Ghostwatch (Lesley Manning, 1992).- una cita en vivo con un poltergeist. La semilla de El conjuro 2.

La residencia (Narciso Ibáñez Serrador, 1969).- lolitas, una madre y un Peeping Tom. Muerte y represión sexual en un internado.

Arroz amargo (Giuseppe De Santis, 1949).- una rivalidad, una escena enlodada de fantasía sexual, las piernas y el baile de Silvana Mangano.

La golondrina cautiva (Douglas Sirk, 1937).- además de un melodrama, un película sobre la honorabilidad.

Blue collar (Paul Schrader, 1978).- fábula sindical moderna y un estupendo Richard Pryor.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La luz entre los océanos

Los esposos Tom (Michael Fassbender) e Isabel (Alicia Vikander) viven retirados en una isla en donde el primero es guardián de un faro. Luego de ser tocados por una tragedia, ambos abrazarán la oportunidad de rezurcir sus vidas al enfrentar un ajeno incidente. La luz entre los océanos (2016) es un drama que se construye en base a eventos fortuitos y de una casualidad cuestionable. Ese el principal problema de la película dirigida por Derek Cianfrance, quien pasa por alto aquellos cabos asumiendo el dramatismo pueda enmendarlos en su tránsito. Todo, sin embargo, no deja de lucir falso. Lo poco que podría apreciarse, en referencia a su inicio de melodrama de época engranado al drama doméstico que desplaza la atmósfera sentimental por la emocional, se diluye ante demasiada dependencia de un dramatismo cursi y predecible. No hay incluso actuación que salve a esta película.

jueves, 8 de diciembre de 2016

4to Festival Transcinema: The alchemist cookbook

Desde sus primeros cortos, Joel Potrykus hacía gráfico sombrío de personajes asociados con los tugurios de la ciudad. Las drogas, en tanto, siempre fueron “estimulantes” de dicha perversión, mezcla de locura y espanto, pero que también provocan un peculiar humor, obviamente, ennegrecido. The alchemist cookbook (2016) es lo menos logrado del director, tal vez culpa de esa necesidad por agudizar aún más ese lado siniestro de su cine. Aquí el protagonista es un químico que comienza experimentar con la magia negra en medio de un retirado bosque. Potrykus, nuevamente, apela a un individuo autosubordinado de la sociedad, dominado además por la codicia. Así como en Buzzard (2014), las parias parecen hacerse por sí solas; desterrándose del resto, dopándose y acudiendo a prácticas o rituales que atentan contra la normativa social.
Lo que decepciona de este filme es que las prácticas de este alquimista vaticinan con antelación lo que suponemos acontecerá. Algo que no tiene que ver con sus fármaco-alucinaciones ronda por los árboles. Está claro que habrá un punto de quiebre en la sanidad mental de este personaje. Lo que posiblemente quede como curiosidad es la manifestación de ese antagónico, aparición que se aplaza, así como la demencia del protagonista. The alchemist cookbook no logra retribuir esta espera por ningún lado.

4to Festival Transcinema: Wake (Subic)

A diferencia de un manual histórico, John Gianvito emprende con las consecuencias y luego aborda los antecedentes. Wake (2016) inicia con un clamor ambiental, a propósito del estado desolado contemplado en un extremo del territorio insular filipino. Si bien la presencia de las bases militares estadounidenses ha estado ausente desde 1991, fecha en que el Senado filipino exigió su retiro de la zona, los rezagos de esa larga estadía siguen recalcitrantes. La contaminación y residuos, producto de los químicos expuestos por la armamentística nuclear reservada en las bases navales, está propagada por la isla, convirtiendo el entorno y la población en los grandes damnificados. Gianvito va extendiendo este panorama doliente en donde el compromiso con la ecología es primario. Los testimonios de autoridades ambientales, defensores privados y el de los agraviados van coincidiendo su protesta en contra de la inasistencia por parte de EEUU. En paralelo, no deja de reproducirse fotografías que evocan a una eventualidad pretérita.
Wake es un abordaje incisivo sobre cómo la Historia responde a una eventualidad actual. Gianvito contempla lo coetáneo para después ponerse a rebuscar en el pasado. ¿Cuál fue el origen de todo? El director se remonta a 1898, año en que Filipinas declaró su independencia ante los colonizadores españoles, no sabiendo que meses después EEUU reclamará derechos dentro del territorio asiático tras derrotar a España, quien mediante un tratado cedió partes de sus tierras colonizadas al ganador. ¿Qué surgió después de esto? La ocupación inmediata de EEUU a Filipinas, la resistencia de los independizados, la guerra filipino estadounidense, una masacre de un número indeterminado de milicias filipinas (incluido civiles). Filipinas pasó de ser colonia de España a ser colonia de EEUU, país que inicialmente emprendió dicho conflicto en defensa de la liberación de países no independientes (tales como Cuba o Puerto Rico, que también fueron colonias españolas y luego pasaron a ser anexos de EEUU).

Ante lo sustentado, el documental de Gianvito no está lejos de perfilarse a las motivaciones de un director como Michael Moore, al emprender una investigación que pone en evidencia las verdaderas intenciones de las normativas expansionistas de EEUU. Las políticas pacifistas de hoy son tan similares a las expediciones colonialistas del ayer. Lo de Gianvito, en tanto, se mueve desde una lectura y un cuestionamiento sobre lo histórico. Su idioma, en contradicción con Moore, no apela a la sátira. Su filme más bien se estimula mediante un factor humanitario. Su proyección de la pobreza y la enfermedad, la cual ha deformado físicamente a toda una generación, no se inclina a lo abyecto, sino a la estimación por una contienda trágica que día a día enfrentan madres y padres, además de los voluntarios en busca de una reparación humana y una sanación de la ecología.
Cercana a su conclusión, Wake, a propósito de su indagación histórica y el reconocimiento de un antagónico que luce omnipresente hasta el día de hoy, evalúa el perímetro de la memoria. ¿Existe una consciencia histórica en la ciudadanía filipina? ¿Cómo luchar por algo del que no eres consciente? Son cuestiones que surgen y que acuden a respuestas desmoralizantes. Aunque actualmente independiente, la memoria histórica de una gran porción del país de Filipinas aún parece estar colonizada. La herencia de un colonizado sumiso es ese otro residuo que ha dejado el colonizador luego de su abandono físico, y lo peor es que, según el Epílogo, la Historia, al ser la fuente inmediata de reflexión social-nacional, a veces puede ser insidiosa, pues no siempre es la versión “oficial” al haber estado también expuesta a los tiempos del ultraje y la manipulación. John Gianvito con Wake realiza un compendio histórico en donde se observa esa polaridad del perfil humano, infame y solidario, y la polaridad de la propia Historia, veraz y ocasionalmente embustera.